Este jueves,9 de mayo, celebramos la Jornada de Puertas Abiertas de la Semana de las Letras, por dicho motivo estáis todos invitados y podréis visitarnos desde las 9:00 hasta las 12:30h y por la tarde, de 18:00h hasta el cierre. ¡ Os gustará ver nuestra exposición dentro del pabellón central del colegio!

Y el viernes, se repartirán todos los premios, y entre ellos, se realizará la selección del mejor relato científico. Aquí tenéis los tres finalistas:

 

LA DESCONOCIDA

Me desperté, una pequeña brisa entraba por un orificio que parecía tener forma de puerta en esa pequeña cueva donde estaba. Todavía estaba un poco confuso cuando accidentalmente me caí de la hamaca en la que me encontraba, no era mi intención, pero hice bastante ruido al caerme. Pude ver a una joven muchacha asomarse por la puerta con cara curiosa, pero a la misma vez miedosa. Nada más darse cuenta de que yo también la estaba observando se fue corriendo. Yo me quedé un poco aturdido, al poco rato volvió y se presentó con actitud un poco tímida.

-Emm… hola, me llamo Amelia, y… ¿Cómo te llamas?

De repente me quedé muy confundido ya que intenté recordar mi propio nombre, pero me era imposible.

-Esto te va a sonar un poco raro pero la verdad es que no me acuerdo, pero ahora que lo pienso… ¡¿Dónde estoy?!  ¡¿Qué hago aquí?!

Pregunté asustado.

-Ni idea, pero creo que sí sé cómo te llamas… ¿Cley?

Al decir ese nombre me acordé, ¡ese era mi nombre!

- ¡Sí, ese es mi nombre! ¿Cómo lo sabes?

Dije sorprendido, entonces, la chica contestó un poco aturdida:

-Lo pone en la chapa de tu traje.

Entonces miré mi traje, era una especie de uniforme que llevaba una pequeña chapa en la que ponía “Cley”. Estaba muy confundido ya que no recordaba absolutamente nada, de repente, me vino un fugaz recuerdo en el que me encontraba en un barco lleno de gente con mi mismo uniforme. Tenía muchísimas preguntas, pero no las formulé ya que estaba claro que la chica no sabía sus respuestas. Así que, solo me quedaba buscarlas yo mismo.

Amelia era una chica bastante guapa a mi parecer, llevaba un mono de manga larga, lo que me resultó extraño ya que hacía bastante calor, y unos guantes del mismo color.

Me contó que llevaba mucho tiempo en aquella isla, sin embargo, no tenía mal aspecto así que le pregunté de dónde sacaba la comida, después de un rato contestó:

-No lo sé, me la encuentro por la isla.

Su respuesta me resultó muy extraña, pero me surgió otra pregunta que me pareció más importante:

-¿Por qué no has intentado escapar de aquí?

-Porque no creo que eso sea posible, así que prefiero centrar mi tiempo en poder sobrevivir, además ya tengo asumido que pasaremos mucho tiempo aquí.

Su respuesta volvió a parecerme rara, pero intenté presionarla:

-Amelia ¿tú cómo has acabado en esta isla desierta?

Ella se sorprendió muchísimo y una expresión de miedo apareció en su rostro.

- ¡Pero bueno! Ya está bien de que me acribilles a preguntas, ¿no crees?

Me contestó bastante histérica, pero comprendí que tenía razón, quizás le había hecho las preguntas demasiado directas, así que decidí simplemente olvidarlo todo y charlar con ella. Fue muy simpática y resultó ser bastante charlatana.

Las horas pasaron y anocheció, nos refugiamos en la cueva que era donde ella vivía y allí nos dormimos. Tuve una pesadilla y me desperté. No pude volver a dormirme y vi que Amelia todavía dormía, me fui a investigar por la isla y cuando llevaba un rato andando escuché un grito:

-¡¡Cley!!

Me giré y la vi corriendo hacia mí con cara desencajada, me cogió de la muñeca y apretó con todas sus fuerzas, dijo fijando su mirada en mis ojos:

-No vuelvas a hacer algo sin mi permiso, nunca.

Su guante se movió y pude ver parte de su muñeca, estaba llena de pequeñas cicatrices. Me quedé muy impactado así que apenas hablamos en todo el día. Fue bastante tenso.

Cuando nos acostamos me sentí observado por Amelia. Al despertarme por otra pesadilla decidí seguir investigando. Después de un rato andando no podía creer lo que se hallaba ante mis ojos. Había muchísimas personas muertas en el suelo con aspecto putrefacto, llevaban mi mismo uniforme, el miedo se apoderó de mí y el corazón me empezó a palpitar de manera frenética, al girarme vi a Amelia mirándome triste a escasos metros de mí.

-Lo siento, pero tengo que matarte, antes te lo explicaré todo:

Todo empezó hace seis meses, una rara enfermedad apareció de repente, se transmite muy fácilmente y pudre la piel y los órganos internos extremadamente rápido, cuando eres contagiado tu esperanza de vida se reduce a unas tres semanas. Yo me contagié y mi madre buscó desesperadamente la forma de salvarme, hasta que unos científicos nos dieron la oportunidad de probar un fármaco en fase de prueba en sus instalaciones en una isla desierta. Nos advirtieron de los riesgos, pero nos dieron igual ya que esa era la única manera de salvarme. Sorprendentemente funcionó, o eso creíamos, yo me curé, pero descubrieron que ahora la cura estaba en mi sangre. No solo me había convertido en inmune sino que ahora mi sangre podía curar a los demás. Me sacaron muchísima sangre para probarla con otros contagiados y se curaron. Al cabo de dos días todos los que supuestamente había curado de repente volvieron a infectarse, pero ahora el virus era muchísimo más fuerte y agresivo, murieron en apenas unos minutos de manera muy desagradable. Pronto descubrimos que todo lo que yo tocaba lo mataba, pero no pudieron averiguar por qué, todo pasó muy rápido. Accidentalmente maté a los científicos que me acompañaban y a mi madre, la desesperación se apoderó de mí. Ahora yo era una amenaza para ellos e intentaron destruirme, no tuve otra opción que matarlos. Después pensé en suicidarme, pero decidí luchar por mi vida.

Pasó el tiempo y vino un barco lleno de soldados dispuestos a eliminarme, no lo consiguieron, yo lo hice primero. Pero uno de ellos se desmayó por lo que tenía esperanzas de que al despertar no recordase nada, ese hombre eres tú.

 

LA MÁQUINA DEL TIEMPO

Había una vez una chica llamada Abby Foster. Era una chica que vivía al Norte de Ohio, EEUU, y tenía una vida normal, pero la muerte de su madre a causa de un inesperado infarto, la marcó para siempre ya que estaban muy unidas. A parte de perder a su madre, Abby sintió que nunca volvería a tener a ese padre que la protegía en todo momento, ya que la depresión de perder a su mujer le metió en un mar de drogas del que no sabía salir. Por esto, los servicios sociales se llevaron a Abby, de apenas 13 años, a un orfanato en Michigan. A partir de ese momento, apareció una nueva Abby, una conflictiva que dejaba de estudiar y se escapaba de todas las casas adoptivas por las que pasaba.

La señora Wilson, una mujer de los servicios sociales que atendió a Abby, sabía que ella solo la escuchaba porque siempre le pareció injusto que no estuviese junto a su padre. Claire, que así es como se llama la señora Wilson, hizo que Abby intentase estudiar para no repetir curso aunque fue inútil ya que ella se negaba. Eso sí, Claire hizo que a Abby le empezase a gustar la ciencia. Tanto que un día, ya con 16 años, le dijo que iba a crear una máquina para poder retroceder en el tiempo y evitar que la separasen de su padre. Esto no fue fácil ya que la única persona que la entendía, se reía de sus invenciones que obviamente daba por imposibles. Abby, que era una cabezota, no se dio por vencida y estudió para entrar en la Universidad de Michigan y formarse en el mundo de la ciencia. En todo ese tiempo, Abby cambió y volvió a ser la chica de antes.

En especial le marcaron dos personas: Molly Smith, que se convirtió en su mejor amiga, y, Matt Evans, un chico del que se enamoró, o eso creía. Molly era lo mejor que le podría haber pasado, con ella se olvidaba que la habían separado de sus padres y era feliz. Abby se obsesionó con Matt hasta que un día este le pidió salir. A veces las obsesiones hacen que creas que estás enamorada y eso le pasó a Abby, aunque tardó en darse cuenta.

Sus progresiones en el mundo de la ciencia iban aumentando y su sueño estaba más cerca que nunca de lograrse. Gracias a la gran ayuda de Molly y Matt y de sus conocimientos matemáticos, pudo concretar todas las medidas del que sería el “combustible” de su máquina. Tardó casi los 4 años de carrera en diseñarlo, construirlo y encontrar la fórmula correcta. En su último año de carrera sufrió un accidente mientras probaba la máquina. Por suerte, no fueron nada más que unas leves lesiones en cara y cuerpo y una contractura en el cuello. Pero, por miedo, no volvió a probar el experimento hasta dos años más tarde, cuando decidió retomarlo de nuevo. Entró dentro de la máquina y se dispuso a poner esa fecha pero pensó y decidió poner otra fecha importante. Sabía que no podía evitar que aquel infarto matase a su madre, pero quiso ir a abrazarla por última vez antes de ir con su padre. No sabía muy bien qué iba a hacer pues no sabía si se encontraría a sí misma con 13 años o ahora con 24 y eso la hizo dudar. También pensó que a lo mejor su padre no quería eso, que más tarde podría abandonarla o que la Abby del pasado no pudiese verla. Pero ya no había marcha atrás, puso la palanca en el 13 de abril de 2008 y cerró los ojos … la vio y empezó a llorar. Su madre le preguntó que por qué lloraba y supo que su experimento salió bien. La abrazó muy fuerte durante 5 minutos y se fue ya que “tenía clases de patinaje”. Presionó el botón de su collar que la devolvió en un suspiro al 2019 y solo pudo llorar. Estaba emocionada porque podría ir con su padre y volver al presente si era necesario. Esta vez la máquina marcaba el 3 de noviembre de 2008, cerró los ojos con miedo pero bajó la palanca. Cuando abrió los ojos vio su antigua habitación decorada con posters de cantantes y casi lloró. Miró el reloj y vio que eran las 7:00 a.m. y que tendría que levantarse. Abby le dijo a su padre que los servicios sociales les iban a separar y su padre lloró, la verdad, es que Abby no se esperaba nada esa reacción. Le dijo que no podía perderla a ella también, que irían a la frontera con Michigan y se alojarían en un hostal. Esta segunda oportunidad merecía la pena.

 

EL DÍA QUE CUMPLÍA DIECIOCHO AÑOS

Era el día que cumplía 18 años, era un día feliz porque estaba esperando a que sus amigas le hicieran una fiesta sorpresa, aunque ella ya sabía que se la iban a hacer porque las había descubierto murmurando entre ellas y contándose secretos en clase a escondidas de ella. También estaba segura de que sus padres le iban a regalar el móvil que llevaba años pidiendo y nunca lo conseguía porque era bastante caro. Sabía que sus abuelos le regalarían bastante dinero, para ayudarla a apuntarse en la autoescuela para poder sacarse el carné de conducir. Todo era genial parecía que era el mejor día de su vida… pero había una cosa que llevaba mucho tiempo dando vueltas en su cabeza y no la dejaba del todo descansar.

Desde pequeña era una estudiante muy trabajadora, sus compañeros tenían claro lo que les gustaba desde siempre. Unos decían yo soy bueno para las letras, odio las mates. Otro, al contrario, decía yo quiero ser informático porque lo que más me gusta son los ordenadores. Su mejor amiga Sara, quería ser profesora de inglés porque siempre sacaba sobresalientes en esa asignatura.

Pero ella nunca había sobresalido ni en ciencias, ni en letras, había sacado notas buenas en las dos. Le gustaba la historia, la lengua, las mates, la física, etc., todo por igual. Unas veces sacaba notable en historia y suficiente en mates y otra evaluación, sacaba mejor nota en mates que en lengua. Las dos le iban por igual bien.

Pero ese era el último curso y ya había llegado el momento de tener que decidir la carrera que tenía que estudiar y eso la tenía muy nerviosa, porque como todos sus familiares y profesores le decían siempre era el paso más importante en su vida y de eso dependía todo su futuro.

Sus abuelos le habían dicho que estudiara para profesora de niños pequeños porque a ella siempre le habían gustado mucho los niños y jugaba mucho con sus primitos más pequeños.

Su tío le dijo una vez que las chicas estaban más dotadas para las letras que para los números y por eso les gustaba hablar mucho más que a los hombres. Ella no estaba de acuerdo en eso porque ella era poco habladora.

Su padre quería que estudiase secretariado para que trabajara en su empresa como secretaría de uno de los ingenieros, donde él la podría ayudar a colocarse pronto.

Su madre le decía que estuviese tranquila que lo que eligiera lo haría estupendamente porque todo lo hacía muy bien.

Pero el problema era que no sabía que quería estudiar, parecía que todo le gustaba igual. Eso la tenía casi enferma de tanto darle vueltas y vueltas a la cabeza. Todos sus amigos tenían clarísimo desde hacía años lo que querían estudiar y ella lo había ido dejando y dejando hasta que ya tenía que decidirlo sin más remedio, y nadie parecía ayudarla.

Estaba tan nerviosa que se sentó al lado de la cama mirando el teléfono móvil esperando que sus amigas la llamaran con alguna excusa para que fuera a donde le habían organizado le fiesta sorpresa, o que sus abuelos, primos, tíos… la llamaran para felicitarla. ¿Quién sería el primero?

Pasó un rato y nada, parecía que se habían olvidado de ella. ¡Qué extraño! Le pareció escuchar ruido en el comedor abajo. Seguro que eran sus amigas que estaban entrando para darle la sorpresa. Así que bajo despacito para que no la vieran.

Cuando llegó al salón vio unas mujeres sentadas alrededor de la mesa. Estaban tomando café e iban disfrazadas de damas antiguas. Lo primero que pensó fue que las locas de sus amigas le habían preparado una fiesta de disfraces, pero al acercarse se quedó con la boca abierta, no conocía a ninguna de esas señoras, no eran amigas de su abuela.

Ellas sonriendo le dijeron que se sentara a su lado. Estaba asustada, pero algo le decía que esas mujeres la querían y habían venido a decirle algo importante, así que un poco temblorosa se sentó.

La primera se presentó: Felicidades Ana, soy Hipatia de Alejandría, la primera mujer en realizar una contribución importante al desarrollo de las matemáticas. Fui la primera mujer de ciencias. Nací en Egipto en el 370 y un grupo de hombres me asesinó por considerarme una bruja.

Ana se quedó con la boca abierta no podía creer la broma que sus amigas le estaban gastando…. Entonces una segunda mujer se le presentó también. No te asustes, Ana, soy Bárbara McClintock, me especialicé en la citogenética y obtuve un doctorado en botánica en el año 1927. A pesar de que, durante mucho tiempo, injustamente mis trabajos no fueron tomados en cuenta, 30 años más tarde se me otorgó el premio Nobel.

Cada vez estaba más alucinada, no movía ni una pestaña. Miró para el otro lado y otra de esas señoras tan extrañas le habló: Hola pequeña, yo soy Lise Meitner nací en Austria, en el año 1878. Fuí una física con un amplio desarrollo en el campo de la radioactividad y la física nuclear, siendo parte fundamental del equipo que descubrió la fisión nuclear, aunque solo mi compañero obtuvo el reconocimiento (imagina el por qué).

Ana no podía ni respirar se quedó mirando a todas esas señoras tan simpáticas y cariñosas. Hipatia le señaló por la ventana y le dijo: “Mira Ana ya llegan todas para felicitarte”. Ana miró por los cristales y vio una fila de señoras todas vestidas igual de extrañas que la saludaban con sonrisa a través de la ventana…

Vienen todas a tu fiesta Ana, mira esa de allí es Ada Lovelace, Condesa de Lovelace, fue una brillante matemática inglesa. Y aquella otra es Rosalind Elsie Fransklin   fue biofísica y tuvo una participación crucial en la comprensión de la estructura del ADN. La que lleva un gran sombrero azul es Marie Curie, la mujer que dedicó su vida entera a la radioactividad, siendo la máxima pionera en este ámbito, y la que va con ella es…..

De pronto se escuchó la voz de su madre llamándola desde la puerta: Ana cariño felicidades, dame un gran beso y despiértate ya que es muy tarde y hoy es un día muy importante y con muchas sorpresas para ti.

Ana miró por la ventana y sonriendo le dijo a su madre: “Ya he decidido lo que quiero estudiar mamá”.

Su madre le dio un beso y le dijo, lo que decidas hacer lo harás mejor que nadie hija, estoy segura porque tienes un hada que te cuida.

  • Muchas, mamá tengo muchas hadas….